• Michelle Roche Rodriguez

Maternidad makiritare


Incluso antes de conocer el misterio de la concepción te habías imaginado como una matrona con media docena de hijos circunnavegando el ancho de tus caderas, ocupada en los quehaceres de la tribu,


sin olvidar el principal, el sagrado: la maternidad. Y no más llegado el momento, te diste el lujo de tomar al marido menos malo. No tenías interés en los hombres, pero podías escoger: tu padre era huhai y, como primogénita, sabías curar a las gentes y comunicarte con los espíritus de las cosas, siempre que fueran materiales y estuvieran henchidas de vida. En tus tiempos eso era tan valioso como el oro.

El porte atlético del hombre era una promesa de futuro. Pero no sirvió de nada. La amargura comenzó a envenenarte cuando pasaron un año y seis lunas desde la ceremonia del primer apareamiento y notaste que tu vientre no se inflaba. Soñabas y soñabas con engendrar, pero nadie se materializaba en ti. Cuando despertabas, llorabas lágrimas de bilis al reconocerte sin hijos. Un día te dijeron que el hombre había dejado en estado a una desconocida. Lanzaste una maldición que atravesó los siete cielos y cayó en el Orinoco, después de rebotar en la Piedra del Medio. Llegaste hasta la madrugada entre pesadillas febriles. Y a media mañana supiste que el golpe en el islote rocoso había despertado a la hidra que habitaba en su interior y que sus siete cabezas se agitaron dentro de las aguas con tanta fuerza que todas las curiaras se voltearon. La mayoría de los hombres habían vuelto a casa para contar el susto. Menos el tuyo. No era posible que tuvieras un poder semejante, pero entre los salvajes el miedo es la misma ignorancia y, desde ese día, ningún otro hombre quiso tomarte por esposa.


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